RAYOS Editoriales · 1.12.25

Militares retirados marchan en Tuxtla: una demanda de dignidad que no puede ignorarse

La caminata pacífica que realizaron este domingo militares retirados en Tuxtla Gutiérrez no es un acto aislado ni menor. Es, más bien, la expresión de un malestar acumulado entre quienes dedicaron años —e incluso décadas— al servicio del país y que hoy, en la etapa de retiro, enfrentan carencias elementales que revelan fallas institucionales profundas.

No es un grupo numeroso: alrededor de treinta personas, acompañadas de sus familias, caminaron desde el bulevar Ángel Albino Corzo hasta el Palacio de Gobierno. Pero su exigencia es inmensa. Demandaron medicamentos, servicios médicos dignos, acceso a vivienda, trámites ágiles y, sobre todo, respeto. El tamaño de la marcha no disminuye la legitimidad de lo que piden; al contrario, exhibe la soledad con la que muchas veces cargan quienes ya no visten uniforme, pero continúan arrastrando las consecuencias de haberlo hecho.

La crisis de desabasto de medicamentos y el deterioro de los servicios de salud que enfrentan no deberían ser parte del retiro de nadie, mucho menos de quienes pasaron su vida cumpliendo órdenes, recorriendo el país y exponiéndose a riesgos que la ciudadanía común no enfrenta. La promesa de seguridad social no puede convertirse en un laberinto burocrático ni en un sistema que se desentiende de ellos.

También preocupa la denuncia sobre el trato que reciben. El respeto no se negocia, se garantiza. La dignidad de las personas no puede depender de su condición administrativa dentro de una institución. Que militares en retiro tengan que marchar para exigir algo tan básico habla de una descomposición que debe atenderse de inmediato.

Esta marcha es, en esencia, un recordatorio incómodo: el Estado mexicano mantiene una deuda con quienes sirvieron en sus filas. Y mientras esa deuda permanezca sin saldarse, el país seguirá enviando un mensaje contradictorio: se exige lealtad absoluta durante el servicio, pero se ofrece incertidumbre una vez concluido.

Escuchar a estos militares retirados no es un gesto político; es una obligación moral. Su llamado debe traducirse en acciones claras, no en promesas rutinarias. Porque un país que no honra a quienes ya cumplieron con su deber difícilmente podrá convocar a nuevas generaciones a hacerlo.

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