MIÉRCOLES 12 DE DICIEMBRE, 2018
La vida en su tinta
LUIS RINCÓN
Tuxtla Gutiérrez, Chis
Domingo 20 de Mayo 2018, 22:49 hrs
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La vida en su tinta | LUIS RINCÓN
Tuxtla Gutiérrez, Chis, a 20 de Mayo de 2018

Los buenos maestros

Entré al tercero de primaria convencido de que habría de ser la continuación del infierno que viví durante mi segundo año. La profesora que nos asignaron pareció dispuesta a darme la razón, y a los pocos días, echando mano de criterios pedagógicos del siglo pasado, nos acomodó de acuerdo a nuestro nivel de aprovechamiento.


A mí me tocó hasta atrás en la fila de los más atrasados, es decir, para copiar sólo me quedaba el compañero de adelante, quien como yo, era poco confiable.


No recuerdo que mis compañeros me hubieran acosado por la posición que ocupé en el salón de clases, de todas formas con la humillación personal tenía bastante para sentirme mal conmigo mismo, y no encontraba de dónde asirme para escapar de ese sitio en que me colocaron mis malas calificaciones y, por supuesto, esa condenada profesora.


Para mi buena suerte, la profesora se jubiló un mes después, y su lugar fue ocupado por una maestra nueva de quien poco se sabía.


Recuerdo que la directora llegó a presentarla. Era bajita y de cabello rubio, dijo llamarse Marisol, y pronto dio muestras de su talante amable y su espíritu democrático. Nos esparció por el salón por tamaños y, en la medida de lo posible, intercalando a niñas con niños.


Entonces comenzó a ocurrir el milagro; mis trabajos durante las clases mejoraron con una sutileza continua, hasta que llegó un día en que la maestra Marisol me tomó del hombro para decirme:


—¡Ey!, ésta la hiciste muy bien. Sigue mejorando.


Las últimas dos palabras eran una sugerencia, pero en ese momento, maravillado con el esplendor que creí ver en ella, yo las tomé como un mandato. En primer lugar porque quería volver a escuchar que me alguien me daba ánimos, y en segundo lugar, porque hacer mal las cosas implicaba traicionarla a ella —que me estaba dando su confianza— y a mí mismo.


El siguiente mes pasé de tener calificaciones “suficientes” a regulares, y al final del año mi boleta lucía ochos, nueves y algunos dieces. Además, la maestra tuvo el tino de colocar una breve nota a mano: “Es un buen niño, debe seguir estudiando para sacar diez”.


El bien ya estaba hecho.


Confieso que leí muchas veces su mensaje, no sólo en esas vacaciones de verano sino durante varios años más, cuando sentía que flaqueaba la confianza que tenía en mí mismo y necesitaba escuchar unas palabras de aliento.


El primer mes del cuarto de primaria saqué el primer lugar del salón, junto con un amigo con quien hasta ahora, de vez en vez, nos reunimos para tomar un café y charlar de la vida. A pesar de que ya han transcurrido casi treinta y cinco años de ese momento, todavía recuerdo las sensaciones que viví —así de fuertes fueron para ese niño que estuvo a nada de reprobar el segundo de primaria—, y puedo afirmar que más que orgulloso, estaba asombrado.


Ya no hubo vuelta pa´ tras, de ahí en adelante me mantuve en un lugar visible por mis buenas calificaciones, con la tranquilidad emocional que eso me redituaba.


Con los años volví a tener maestros increíbles, como Jorge Calles y la pasión desbordante con que da clases y exige resultados, o Rossana Reguillo que contagia su visión crítica del entorno, y ni qué decir de Alcira Argumedo, erudita de mil temas y quien me invitó a hacer a un lado la academia para intentar la ficción.


Sin embargo, quien me significó un primer quiebre en la ruta que venía siguiendo, quien ayudó a que ese momento bisagra resultara positivo para el resto de mi vida y a la que le guardo un agradecimiento enorme por el cariño con que abrazaba a su profesión y a nosotros, sus alumnos, es a la maestra Marisol, que por cierto, en realidad se llama María Sofía Martínez Corzo. Si la ve por ahí, si de casualidad la conoce, cuéntele que cambió para bien —al menos— la vida de uno de sus alumnos.


 Vayan estas “líneas…” como una felicitación para los buenos docentes, en especial para quienes no sólo les basta impartir una clase o dar la lección del día, sino que además se atreven a empujar a sus alumnos a ser mejores, porque entonces dejan de ser maestros de la escuela para convertirse en maestros de la vida.


Hasta la próxima.





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