HILDA no se fue: el Museo de la Ciudad la hizo eterna

Crónica de Rodrigo Yescas Núñez

Hoy martes el Museo de la Ciudad de Tuxtla Gutiérrez se sintió distinto.

No por la arquitectura recién rescatada, ni por el eco inevitable de sus pasillos, sino porque entre sus muros volvió a caminar —sin cuerpo, pero con presencia— una de las mujeres que más insistió en que este lugar debía existir, mantenerse vivo y tener sentido: Hilda Castañón Morell.

Hace apenas unos días falleció en Tuxtla. Y como suele pasar con la gente que deja huella, su ausencia no se quedó en el silencio: se transformó en encuentro. Por eso hoy, en una especie de abrazo colectivo, cerca de medio centenar de ciudadanos se reunió para rendirle homenaje en el museo que ella misma impulsó con terquedad amorosa, desde la Fundación Fernando Castañón, una de sus trincheras más constantes.

Había algo profundamente simbólico en el escenario: despedirla en el Museo de la Ciudad, ese mismo museo que fue devuelto hace poco por el gobierno municipal después de estar bajo resguardo y ser restaurado tras el terremoto que golpeó Tuxtla. Un gesto institucional que hoy cobró otro valor: no se trató sólo de reabrir un edificio, sino de reconocer que la cultura también necesita continuidad, memoria y justicia.

Y este homenaje fue eso: justicia emocional.

Entre los asistentes destacaban sus hermanas, sus hijos, hijas, nietos y nietas. También sobrinos, amistades entrañables, compañeros de vida y gente que quizá no compartieron sangre con ella, pero sí una misma idea: que Tuxtla merece ser contada, cuidada y celebrada.

El homenaje fue sencillo, pero contundente. No tuvo estridencias. No las necesitaba.

Hubo lectura de fragmentos y poemas, así como la interpretación de «Al Son de la Marimba», su favorita, que no buscó tanto aplausos sino compañía. Hubo palabras dichas con la voz quebrada y miradas que se perdían en algún punto del museo, como si cada quien recordara su propia versión de Hilda: la promotora, la amiga, la mamá, la abuela, la mujer firme, la tuxtleca enamorada de su ciudad.

Y luego vino lo inevitable: la semblanza. Esa narración que no sólo enumera logros, sino que intenta explicar por qué una persona marca un antes y un después. Se habló de Hilda como lo que fue: una incansable promotora de la cultura en Chiapas, una mujer cuya vida parecía estar hecha de un compromiso silencioso pero permanente con el arte, con la memoria y con la identidad de esta capital.

A veces uno piensa que estas ceremonias son para el duelo. Y sí, lo son… pero hoy quedó claro que también son para el legado.

Porque aunque las personas se vayan a otro plano —como dicen quienes creen en la continuidad de la vida— hay obras que no se despiden. Quedan. Se vuelven referencia. Se vuelven sitio. Se vuelven casa. Como este museo, que abre sus puertas otra vez y que atraviesa, además, un proceso de volver a montarse, de reconstruirse por dentro, de recuperar su alma.

Y qué ironía luminosa: Hilda se fue cuando el Museo de la Ciudad está renaciendo.

Pero no se fue del todo.

Quedó en cada esfuerzo por levantarlo, en cada pieza que volverá a colocarse, en cada historia tuxtleca que se exhiba, en cada visitante que entienda que la cultura no es un lujo, sino un espejo de lo que somos.

Por eso este homenaje era imprescindible. Porque una chiapaneca ejemplar como Hilda Castañón Morell no podía pasar desapercibida. Porque Tuxtla se construye también con sus mujeres. Porque los museos son memoria viva. Y porque hoy, en medio de poemas y canciones, quedó claro algo:

Hilda no se despidió del Museo, sino que el Museo de la Ciudad, su museo, la adoptó para siempre.

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