El perreo convertido en tesis política: el día que el Super Bowl habló en Español y Estados Unidos tuvo que escuchar

Por Fernando Castellanos Cal y Mayor

El Super Bowl siempre ha sido un ritual de Estado sin declararlo: himno, bandera, ejército emocional y, al centro, un espectáculo diseñado para recordarle a la audiencia —y al mundo— qué es “América”. Por eso el medio tiempo no es un intermedio, sino una disputa por el significado. Y este 8 de febrero de 2026, en Levi’s Stadium, Bad Bunny convirtió trece minutos en algo rarísimo y potentísimo: una narrativa de identidad que no pidió permiso. 

No fue “solo música”. Fue un mensaje con coreografía, escenografía y símbolos comprensibles incluso para quien no habla español: un país —Puerto Rico— entrando a la sala principal del imperio con su propia estética, su memoria intacta y su herida visible. Reuters lo describió como una “carta de amor” a Puerto Rico; y justo ahí está lo político: el amor, en tiempos de guerra cultural, se vuelve postura. 

La apertura no apostó por el brillo abstracto del show estadounidense, sino por el origen concreto. Agricultores con pava, dominó, imágenes de barrio y una “casita” como centro simbólico del escenario: no fue postal turística, fue una declaración de procedencia y de pertenencia.  En política, el primer encuadre define el relato; aquí el encuadre dijo: antes de que me midas por tus categorías, mírame desde donde vengo. Puerto Rico apareció no como “latinidad” genérica, sino como historia con rostro, como cultura que no pide subtítulos para existir.

El recorrido musical caminó sobre una cuerda floja admirable: ser fiesta masiva y, al mismo tiempo, editorial. El setlist, lejos de ser una lista de éxitos, funcionó como mapa emocional: de la celebración al contenido, del baile a la tesis. Ahí convivieron himnos populares como “Tití Me Preguntó”, “Yo Perreo Sola”, “Safaera” y “Mónaco”, con piezas que cargan el pulso identitario y el nervio político del presente, como “El Apagón”, y el cierre con “DtMF/DTMF (Debí Tirar Más Fotos)”.  La secuencia importó: primero te gano con la alegría y luego te obligo a ver lo que esa alegría suele cubrir.

En medio del ruido global, Bad Bunny soltó una línea que parece sencilla, pero en ese escenario se volvió un acto de poder: recordó que “lo único más poderoso que el odio es el amor”, y lo dijo sin pedir traducción, como quien sabe que su audiencia ya no cabe en una sola lengua.  Este es el tipo de gesto que incomoda a los guardianes del “entretenimiento neutral”. Porque la neutralidad, en realidad, suele ser otra palabra para el guion dominante. Y por eso, antes del show, el debate público ya estaba contaminado por la pregunta tramposa: si diría algo “divisivo”. El propio comisionado Roger Goodell dijo que no esperaba nada “divisivo” en el espectáculo.  La paradoja es brutal: para cierta audiencia, existir en español ya es “dividir”.

Los invitados no operaron como truco de rating, sino como coaliciones culturales. Reuters confirmó el momento sorpresa con Lady Gaga y la aparición de Ricky Martin.  Y eso, leído con lente político, es clave: no fue “el pop anglo validando lo latino”; fue una mesa compartida donde lo latino no llegó a pedir permiso, llegó a conducir. Es poder blando en vivo: no “latinos invitados al show”, sino una coalición cultural operando el show.

Si hubiera que escoger la imagen que lo dijo todo, sería la del lenguaje visual amarrado a una idea: el show llevó a horario estelar la conversación sobre precariedad y dignidad sin volverla discurso escolar. “El Apagón”, en ese contexto, deja de ser solo canción y se vuelve símbolo de sistema: de apagones crónicos, de vulnerabilidad, de la herida larga de un territorio que conoce demasiado bien lo que significa ser importante… sin ser plenamente escuchado. Reuters lo conectó explícitamente con esa dimensión política y con la presencia de la bandera puertorriqueña en el clímax.  Y el golpe político estuvo ahí: el show no pidió caridad ni buscó lástima. Colocó la crisis como realidad cotidiana y la volvió imposible de ignorar para una audiencia que suele consumir el Caribe como destino, no como sujeto.

El contexto en Estados Unidos termina de completar la lectura. Este medio tiempo ocurrió con el país atravesado por una nueva ola de disputa sobre migración, frontera, identidad y “lo americano”, y con la lengua convertida en trinchera cultural. TIME ya había retratado el pleito político alrededor de su elección como headliner, y medios europeos lo enmarcaron como choque abierto entre idioma, identidad y coyuntura política estadounidense.  Es decir: el show no “se politizó”; nació dentro de un campo político que ya estaba encendido.

Y entonces llega el detalle que termina de cerrar la tesis: salió del escenario con “DTMF”, no con una nota neutra ni con un guiño complaciente, sino con un título que, en sí mismo, es declaración de época: debí tirar más fotos.  En tiempos de polarización, esa frase funciona como elegía y advertencia. Elegía porque habla de memoria, de lo que se pierde cuando un país se acelera y se endurece. Advertencia porque recuerda que la política también es archivo: lo que una sociedad decide ver, recordar y respetar.

El mensaje final no fue “vota por X” ni “contra Y”. Fue más profundo y, por eso, más político: quién cabe en la idea de América y bajo qué condiciones. Bad Bunny no politizó el Super Bowl: exhibió que ya es político, solo que normalmente no lo notamos porque el guion coincide con lo que el poder considera “normal”. Esta vez el guion habló en español, se vistió de jíbaro, puso la casa en el centro, y obligó a Estados Unidos a escuchar sin control remoto moral.

Y cuando un estadio se vuelve mapa, lo que ocurre ya no es entretenimiento. Es historia cultural en tiempo real.

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