Realidad Novelada, por J.S. Zolliker
—No eres tú, soy yo —le soltó, como quien tira una bomba y se retira antes de la explosión, justo cuando ella cruzó la puerta de la casa que ambos habían construido con sueños, deudas y acabados de catálogo. Habían compartido ese techo durante siete años y ahora, sin preámbulos ni anestesia, ella recibía la clásica frase de ruptura envuelta en celofán de autoayuda.
La razón, era otra mujer. Una aparición milagrosa, como de novela barata: “no estaba planeado”, “me cayó del cielo”, “tú mereces algo mejor”… El repertorio completo de excusas prefabricadas. Pero el verdadero remate vino después: la musa de su renacer era nada menos que la mejor amiga de su sobrina, una veinteañera que no sabía freír un huevo, pero que dominaba el arte de la selfie y el uso correcto del filtro “piel de porcelana”.
El divorcio, en lo legal, fue exprés. En lo económico, se volvió una partida de ajedrez jugada con cuchillos. Él se negó a pagar lo justo, escondió cuentas, disfrazó ingresos, movió dinero con agilidad. Pero al final, la casa —sí, esa casa que fue su proyecto común— terminó siendo el epicentro de la batalla. “La escuincla” la quería. No la necesitaba, pero la quería como quien quiere una bolsa de diseñador que combina con su ego.
A él le urgía casarse otra vez —el amor no espera, especialmente cuando está en oferta—, así que ofreció una suma generosísima, que compensaba con creces la inversión de ella y su dignidad maltratada.
Firmaron el acuerdo en un reconocido restaurante de mariscos de la colonia Roma, sobre la calle de Zacatecas. Todo muy civilizado. Él, con prisa por salir a planchar el traje de novio; ella, con una sonrisa neutra, le deseó la mejor de las suertes. Él paritió y ella se quedó y pidió una cerveza bien fría y un aguachile de camarón crudo ahogado con cebolla morada. También, una botana del “placozona”: ostión de San Buto, callo de hacha, pulpo y caracol chino rasurado.
Al día siguiente, ella cumplió su parte: dejó la casa impecable, con todos los muebles, el equipo y sus secretos intactos. Se llevó únicamente su ropa y sus libros y se mudó con sus hijas a un apartamento alquilado y, juntas, reanudaron sus vidas con la entereza que da la experiencia… y cierta malicia creativa.
Él, por su parte, se mudó con su nueva musa y se casaron veinticuatro horas después, en una ceremonia íntima en el jardín de la casa —la misma que, hasta hace unos días, había sido el escenario de sus promesas incumplidas. La luna de miel se pospuso, porque aunque el amor es eterno, el crédito y la liquidez no lo son.
Todo parecía irle viento en popa a la nueva pareja, hasta que en la recámara principal comenzó a emanar un distintivo olor. Al principio leve, casi imperceptible, como un susurro pestilente. La joven pensó que era el colchón viejo. Lo tiraron. Luego los muebles, lavaron profesionalmente la alfombra, los filtros del aire, los compresores… pero el hedor crecía por toda la casa, como si ésta tuviera intestinos y estuvieran podridos.
Buscaron cadáveres de animales, revisaron techos, ductos, drenajes, levantaron pisos, cambiaron alfombras. Nada. El aroma se expandía como una profecía maldita. Rancio, penetrante, digno de una morgue. La nueva esposa dejó de dormir, de comer, de usar su istagram. Él perdió la paciencia, la calma, el crédito y, eventualmente, la esperanza.
Convencido de que todo era obra de brujería —una maldición lanzada por la exsuegra—, mandó en sus desesperación, llamar a curas, chamanes, espiritistas y hasta un influencer del Feng Shui. Todos coincidieron en algo: la casa estaba jodida y no aliviava el olor ni los desodorantes ambientales con difusores ni toneladas de perfume, cloro ni velas aromatizantes.
La vida conyugal se volvió una pesadilla. Discutían, lloraban, dormían en moteles y eventualmente huyeron, llevándose solo lo indispensable y que les constara que no apestaba. Intentaron entonces venderla, pero ni con las ventanas permanentemente abiertas ni con inciensos lograron interesar a ningun incauto. Al final, remataron la casa al 20 % de su valor, a través de una liquidadora inmobiliaria que también vendía panteones.
Una semana después, la propiedad fue transferida a una Sociedad Anónima, que a su vez se la vendió —por una fracción irrisoria— a la exesposa. Oh, ironías del destino.
El día que volvió a pisar esa casa, con una sonrisa dulce y un perfume caro, solo fue a quitar los cortineros tubulares. Nada más. Los mismos que, la noche antes de marcharse, había rellenado cuidadosamente con mariscos y pescados: callados, podridos, letales. Una aquerosa sinfonía de pestilencia orgánica.
Luego, se sentó en la sala, cruzó las piernas, miró a su alrededor satisfecha, encendió un cigarrillo y suspiró profundamente: —Qué dulce es la venganza… y qué bien marida con ostiones.
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