MARTES 12 DE DICIEMBRE, 2017
La vida en su tinta
LUIS RINCÓN
Tuxtla Gutiérrez, Chis
Jueves 25 de Mayo 2017, 0:59 hrs
Héctor
Estrada
Luis
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Gonzalo
J. Suárez
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Antonio Martinez Guillen

La vida en su tinta | LUIS RINCÓN
Tuxtla Gutiérrez, Chis, a 25 de Mayo de 2017

La vida en su tinta

Eran casi las nueve de la noche de un domingo y debido a distintos compromisos sociales, no habíamos terminado nuestros deberes hogareños, entre ellos, la periódica y bastante aburrida visita al súper.
Quien andaba feliz era el querubín, no sólo se iría a dormir más tarde de lo acostumbrado, sino que además visitaría uno de los lugares que más le divierten, en tanto le significan pasillos para correr, juguetes maravillosos por revisar, la posibilidad  de conseguir alguna golosina y también es su chance para sentirse útil al ayudarnos a cargar cosas y a empujar el carrito.
Apenas comenzaba la visita cuando vimos pasar a un payaso que trabaja como mago y pinta caritas en un centro comercial. No se necesitaba ser adivino para descubrir su enorme cansancio. Llevaba los brazos caídos, la espalda ligeramente inclinada, arrastraba los pasos y su mueca de desencanto se dejaba ver a pesar de la sonrisa pintada en el rostro.
—¡Mira, papá! —me dijo el querubín sonriendo contento al descubrir el fugaz pasar de un personaje de fantasía.
Pocos pasillos después volvimos a toparnos con él, estaba agachado escogiendo una fibra para lavar vajillas y mi hijo, impulsado por la emoción y su típica alegría, antes de que yo pudiera detenerlo corrió a saludar al cansando hombre.
En verdad pensé que lo ignoraría o que incluso podría ser grosero con el niño. En cambio recogió el poco ánimo que tenía desparramado a su alrededor para rearmarse un poco, sonreírle a su joven admirador, abrir la boca desmesurada y fingir que se sacaba una moneda de una oreja.
Mi hijo regresó encantado, el payaso volvió a descuajeringarse y yo seguí adelante con las compras, ahora atento a los movimientos del niño, pues amenazaba con regresar junto al “payasito mago” para ver qué otro truco traía escondido bajo el sombrero.
Nos costó pagar porque la fila en la caja parecía interminable, y ya cuando estábamos por salir hacia el estacionamiento, recordamos un encargo escolar que implicó mi regreso a los pasillos de la tienda y luego a las largas filas.
Entonces me formé detrás del payaso. Iba con unos pocos comestibles y algunos artículos de limpieza. Primero pasó la comida, artículo por artículo, pidiendo en cada ocasión que le mostraran el monto que se iba sumando y, antes de pasar el siguiente artículo, hacía un cálculo mental que luego, no faltaba más, pedía le confirmaran.
Pronto hubo comentarios de reclamo, no sólo porque tenía más de los quince artículos que se supone aceptan en las cajas rápidas, sino por la lentitud con que permitía que se le cobrara, y al final, cuando sólo le quedaba en las manos una botella de cloro, pareció dudar. Recontó sus pocos billetes, sacó un montón de monedas –supongo hizo una suma mental más– y después de una mueca de fastidio, sacó dos tarjetas de la tienda y pidió que checaran cuánto tenía en ellas:
—Dos y tres pesos —le contestó el cajero y el payaso pidió que le cobraran tomando en cuenta ese dinero.
No puedo negar que mi impaciencia se vio apaciguada al imaginar cómo se sentiría el alma de ese hombre, quien después de una larga jornada de trabajo, debía hurgar hasta el fondo de sus bolsillos con tal de juntar apenas lo necesario para cubrir sus gastos mínimos.
Cuando creí que por fin había terminado, el payaso giró hacia el anciano que le guardó las cosas en las bolsas y le entregó una moneda de diez pesos.
—No, cómo crees —le dijo el anciano.
—No se preocupe —le respondió el payaso—, ya lo tenía considerado.
Y se alejó encorvado y arrastrando sus pasos, enseñándonos a los demás cómo hay personas que aún en medio de su hastío, su cansancio y sus limitaciones económicas, tienen mucho para dar. Hasta la próxima.





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