LUNES 11 DE DICIEMBRE, 2017
Desde la Frontera Sur
BERNARDO MENESES
Tuxtla Gutiérrez, Chis
Lunes 19 de Diciembre 2016, 0:22 hrs
Héctor
Estrada
Luis
Rincón
Kyra
Núñez
Rommel
Rosas
Gonzalo
J. Suárez
David
Antonio Martinez Guillen

Desde la Frontera Sur | BERNARDO MENESES
Tuxtla Gutiérrez, Chis, a 19 de Diciembre de 2016

HISTORIA DE UNA FOTOGRAFIA CON FIDEL CASTRO

Bernardo Meneses Curling


bmeneses_curlin@hotmail.com


 


Culminaban los trabajos de la Primera Reunión México-Cuba de Educación, Ciencia y Cultura con una cena en la Residencia de la Embajada de México , que el secretario mexicano de Educación, Víctor Bravo Ahuja, ofreció al Primer Ministro, Fidel Castro Rus, y durante la cual él mismo y José Ramón Fernández, ministro cubano de Educación, describieron y ponderaron los acuerdos de colaboración que durante la reunión establecieron ambos países.


Transcurrían los últimos días de septiembre de 1974 y en la Ciudad de México, María Cristina, mi mujer, estaba en la fase final de nuestro embarazo, y mi hijo Bernardo, desde poco antes de mi viaje,   nos anunciaba con movimientos y pataleos su urgencia por nacer.


En la habana, antes de la cena aún le quedaban a la Delegación Mexicana algunas otras tareas por cumplir fuera de programa. Por la tarde, don Víctor Bravo Ahuja, secretario de Educación Pública, oaxaqueño de Tuxtepec-Papaloapan, egresado de la licenciatura en Ingeniería Aeronáutica del IPN, y del doctorado en Ciencias de la UNAM, me solicitó que esa noche no viajáramos juntos  a la Residencia de la Embajada de México  y que yo lo hiciera en otro vehículo, para introducir furtivamente la cámara y equipos con que dos cineastas mexicanos y un camarógrafo griego realizaban un documental de los trabajos de la Reunión. Esto fue necesario porque la filmación que se pretendía esa noche, por omisión, no había sido incluida en el programa general y no estaba permitido en el protocolo cubano filmar al  jefe de la Revolución Cubana, sin previa  autorización.


Con plena conciencia de que mi mayor compromiso era estar y  asistir a mi mujer y a mi hijo cuando saliera al encuentro del aire y de la luz, lo que se calculaba a mediados de octubre, habíamos previsto todo con el ginecólogo Gilberto López Gómez, para recibirlo en el Sanatorio Español, pero yo que había observado, en el vientre de su madre, la vivacidad de Bernardo, temía que se adelantara a mi regreso, programado para fines de septiembre.


El Primer Ministro cubano llegó oportunamente y aceptó ser entrevistado luego que se le informó que todos los trabajos de la Reunión  habían sido filmados en La Habana y a lo largo y ancho de la isla donde se celebraron. Pero el cuerpo de seguridad, al que también denominan “protocolo”,  indicó antes de la grabación que no estaba permitido el uso de reflectores, “porque lastiman la vista del Comandante”.


El director de los cineastas vino desconsolado a informarme del nuevo impedimento, y yo le indiqué que dejaran las lámparas en un sillón contiguo al lugar que ya estaba dispuesto para la filmación, con Fidel de pie, en un corredor techado que daba al jardín de la residencia, de bella arquitectura  colonial-cubana. Así, al punto de que se iniciaba esta, yo me acerqué, cogí los reflectores, subí al sillón con total falta de urbanidad, me improvisé como iluminador y, en un instante, ya estaba alumbrando por encima de los ojos del Primer Ministro, por lo que la grabación de la entrevista se hizo con toda nitidez.


 Y los integrantes del “protocolo”, que por cierto actuaban siempre de manera discreta, ya no pudieron hacer nada para impedirlo. Recuerdo que ante la intensidad de la luz, aunque cuide que no le llegara de manera  frontal a los ojos, Fidel parpadeaba, cerraba y abría sus pequeños ojos, al tiempo que me veía. Y tanto él como yo, sin palabras, sin gestos, estábamos en el entendido de que yo estaba infringiendo el severo, eficaz protocolo de seguridad cubano, que desde el triunfo de la Revolución había hecho fracasar unos 600 complots, principalmente de la CIA, para asesinar al Comandante en Jefe.


Antes de viajar a Cuba, y dado que en la Ciudad de México no teníamos porque nuestras familias vivían en Chiapas,  también había solicitado a don Nicolás, quien trabajaba a mis órdenes como chofer, que durante mi ausencia siembre estuviera disponible y preparado  para llevar a Cristina al hospital, si mi hijo anunciaba su llegada a este mundo antes de tiempo. No fue necesario, regresé a casa con antelación y, cuando el momento llegó,  yo los llevé y Bernardo nació el 15 de octubre, de  manera natural, por su propio esfuerzo y, por supuesto, con el esfuerzo, el dolor y el orgullo de su madre, como lo había calculado con exactitud Gilberto, el muy capaz ginecólogo originario de Tonalá, quien además, como se lo había prometido, ayudó a Cristina, mi mujer, a cumplir su deseo de tener un parto natural.


Pasadas las 22 horas, y una vez que se despidieron los embajadores de otros países y los invitados especiales, nuestro anfitrión esa noche,  el embajador de México en Cuba nos condujo  a una estancia pequeña, pues el Comandante Fidel Castro había confiado al secretario Bravo Ahuja su deseo de convivir un rato, ahora de manera informal, con los mexicanos. Recuerdo que además de quienes integrábamos la delegación mexicana, así como del ministro José Ramón Fernández y del Embajador de Cuba en México, ahora sólo fueron invitados el pintor René Portocarrero y Nicolás Guillén, el poeta  adalid de la negritud.


Ya sentados en la estancia, todos muy contentos, el embajador de México ofreció y Fidel Castro agradeció y aceptó encantado brindar con tequila.  Así inició una animada plática especialmente con don Víctor Bravo Ahuja, con  Guillén y con su colega Pellicer, el poeta de los versos verdes, tropicales, con el subsecretario Gonzalo Aguirre Beltrán,   y con el dramaturgo Héctor Azar. El Comandante pronto habló de su estancia prerrevolucionaria y como exiliado  en México, y entre otras muchas cosas  evocó los “… bellos mercados mexicanos, tan coloridos de frutas y vegetales…” Sentado a prudente distancia, yo tomaba algunas notas, por lo que el ministro cubano de Educación se acercó y, de la manera más cordial, me dijo que no debía hacerlo porque estábamos en una reunión privada, además de que, ya interpreté yo, el Comandante en Jefe hablaba en confianza, abiertamente. Yo le convencí de que sería cuidadoso y que daría un uso leal y apropiado a mis notas.


Se habló durante la velada de lo mucho que los mexicanos  habíamos visto y del desarrollo que ya se lograba en Cuba en la educación, en la medicina, en la ciencia y la técnica digitales, en las actividades agropecuarias. Como algo de esto último había trascendido hasta México, y en ese ambiente de intercambio de cortesías, yo quise sumar otra y dije que un científico de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), que había estado en Cuba, un doctor Tod, había propuesto al gobernador y a los ganaderos de Chiapas el establecimiento de un programa para alimentar, si mal no recuerdo,  500 cabezas de ganado con una mezcla de melaza y bagazo de caña de azúcar, que podría cultivarse en una superficie de sólo 50 hectáreas, y todo ello con base en una novedosa tecnología cubana.


Pero la sola mención del científico de la FAO  produjo una airada respuesta del Primer Ministro que me dejó asombrado. Aun así pude sobreponerme inmediatamente, como era indispensable para no quedar aniquilado. Encontré un resquicio en su marejada de palabras condenatorias  y pude explicar que había mencionado el asunto porque fui testigo en Chiapas  cuando el doctor Tod presentó el proyecto al gobernado-científico, doctor Manuel Velasco Suárez, como producto de una nueva tecnología de Cuba. Además, que lo había hecho con mención y reconocimiento del desarrollo agropecuario logrado por la Revolución Cubana. Nunca le oí, dije, ninguna expresión que no fuera de respeto a Cuba, a su Revolución, a su Comandante en Jefe.


Volvió a escucharse la voz de Fidel Castro, en ese momento ya de manera sosegada, pero indicativa: “Sí, así son estos ingleses. Aquí vino y trató de convencernos  de que sembráramos maíz para sustituir a la caña, cuando nuestras tierras no son aptas para el maíz... Y a México fue a presumir con una tecnología cubana”.


En tal forma, con alivio general, especialmente mío, concluyó sin consecuencias aquél incidente que, por un m omento, pareció ser fatal, quizá no sólo para mí. A la vez, también terminó la velada, porque el Comandante en Jefe se puso de pie. Entonces, ya reconfortado y supongo que también de manera audaz, le dije: “Hay algo, señor Comandante, que por disciplina profesional, no me permito nunca…, pero hoy, si usted no tiene inconveniente…” –lo cuestioné, al mismo tiempo que con voz y ademán llamé: “fotógrafo…”  Y entonces el hombre, el antiguo guerrillero, el estadista que ya había entrado a formar parte de la historia universal, explotó en toda su bondad: “¡Claro chico!”, me dijo, al mismo tiempo que me abrazaba.


Y con su cámara, el fotógrafo lanzó un destello y registró el instante.


Un día después: El secretario Bravo Ahuja y su esposa habían volado muy temprano a Estados Unidos. Por otro lado, ya de regreso a México en un pequeño jet que pertenecía al CAPCCE, y en el que  viajábamos sentados frente a frente los últimos seis miembros de la Delegación Mexicana, a don Héctor Azar --creador y/o recreador de dramas que generan las emociones y pasiones humanas-- y aún llevado yo, quizá, por algunos restos de inquietud interna, le quise preguntar: “¿Cómo me vi anoche, maestro?” Y su respuesta fue tan contundente como exoneradora: “Divino, Bernardo… Estuviste   ¡ d i  v i  n o ! ”, me dijo, espaciando las sílabas de esta última palabra.


Un año más tarde: El ministro cubano de Educación había viajado a México, y junto con su colega y anfitrión mexicano, el secretario Víctor Bravo Ahuja, llegó a la Cancillería Mexicana, que se levantaba en Tlatelolco, donde entonces se inauguraría la Segunda Reunión Cuba-México de Educación, Ciencia y Cultura. Al bajar del automóvil me reconoció y me obsequió el saludo más bondadoso: “Oye, eres un gran escritor… Cuando quieras vente a trabajar conmigo a Cuba”. Una vez más quedé muy conmovido. Y me di cuenta que ese héroe de la Revolución Cubana, también me hacía saber con esa cortesía que había leído la crónica de aquella velada con Fidel Castro en la Residencia de México en Cuba,   que yo había escrito esa misma madrugada ayudado por la memoria y, en parte, por las notas que él me había pedido no tomara porque  “…estamos en una reunión privada”.





COMENTARIOS


CONTACTO   |   MAPA DEL SITIO   |   AVISO LEGAL   |   AVISO DE PRIVACIDAD
Presidente del Consejo
de Administración:
Gonzalo Núñez de León.
Director General: Rodrigo Yescas Núñez.

Presidente del
Consejo Editorial:
Harvey Gutiérrez Álvarez.
Director Comercial: Eliseo Maheda López.

Derechos Reservados® Núñez Diaz Editores, SA