Domingo 25 DE JUNIO, 2017
Digo Yo
HUMBERTO FLORES
San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
Miércoles 29 de Junio 2016, 8:13 hrs
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Digo Yo | HUMBERTO FLORES
San Cristóbal de las Casas, Chiapas., a 29 de Junio de 2016

Mal-Criados

Los mexicanos, no sólo somos un pueblo malcriado por la infinidad de groserías que acompañan nuestro folclórico lenguaje, también somos un pueblo mal criado. Así, en dos palabras separadas.

Conformamos una sociedad de comportamiento viciado porque así lo hemos aprendido generacionalmente; con graves irreverencias, desobediencias y valemadrismos.

Aquí, ninguna ley se respeta a cabalidad. Ninguna. Estamos acostumbrados a que toda regla y toda autoridad es, casi sin duda, flexible. Un claro ejemplo: El tránsito.

Este es un país en el que el semáforo se pone en rojo y pasan después cuatro vehículos más. Del amarillo ya ni hablar. Aquí la gente se estaciona donde se le hincha la regalada gana, preferentemente si el lugar está pintado de rojo o con señal de discapacitados; infringe recurrentemente los límites de velocidad, es más, casi nadie se preocupa en saber cuáles son; circula por el carril que caiga, el que le parezca más bonito. En México unos tienen licencia de conducir vigente, otros vencida y otros simplemente no tienen, y prácticamente da lo mismo. El transporte público es una amenaza de la misma naturaleza: pública. Aquí el claxon no sirve para hacer notar una cuestión emergente, sino que es una extensión lingüística de la trunca educación del conductor. En esta querida nación, el peatón y el ciclista no tienen ni las mínimas garantías de que se les respete su condición y su espacio; y desde luego, manejar estando hasta el rabo del sagrado etanol, es algo absolutamente normal. En general, aquí toda regla de tránsito importa una celestial chingada ¿y por qué? Porque como dije, estamos mal criados. Aprendimos que todo se soluciona con darle “pa´l chesco” al oficial que casi siempre arrastra consigo una situación económica más descolorida que el azul de su uniforme.

Así que, infringir las normas se nos hace fácil y práctico porque, aparentemente, nadie sale dañado y todos nos vamos felices a nuestro destino; lo malo, entre muchas cosas, es que como estamos acostumbrados a que  todo se puede “arreglar”, resulta que cuando sí nos aplican la sanción que legalmente nos correspondía como infractores, le llamamos abuso de autoridad y es motivo de una gran indignación para nuestra honorable e intachable persona.

Ah, pero no vaya a ser que la transgresión al reglamento nos afecte de manera directa y personal, como en un accidente causado por alguien más, porque entonces sí queremos transparencia y honestidad, entonces sí esperamos la probidad absoluta de las instituciones públicas y entonces sí exigimos la estricta aplicación de “todo el peso de la ley”; es decir, reclamamos respeto a la legalidad nada más cuando nos conviene.

¡Somos bien chingones, me cae!

Y como esas chuladas, hay de todos los sabores: Nos pasamos por el arco del triunfo las normas fiscales, las penales, las laborales, las de seguridad pública, las de seguridad social, las electorales, las de salud, las de educación, las de protección civil, las de los símbolos patrios y por supuesto, la ley seca…  ¡Ah, como chingados que no! Nos robamos el cable del vecino, nos colgamos de la luz, nos quedamos con el cambio y fomentamos la piratería de tal forma que Barbarroja estaría orgulloso de nosotros, y como consecuencia, también nos da desconfianza todo: Dar limosna, redondear los centavos, llevar el coche al mecánico, poner gasolina, contratar a un abogado, comprar en internet, firmar documentos con letras chiquitas o donar al Teletón, porque vivimos ante el temor latente de que nos vean la cara, considerando que la mayoría somos de la misma condición que el león y que pareciera que ya por estirpe todos tenemos un cierto porcentaje de estafadores.

“Así nos las gastamos aquí” y casi toda regla es perfectamente quebrantable sin que pase nada. Está cabrón.

Un síntoma inequívoco de esta cultural porquería es que, como algo que viene casi en la sangre, adoramos un deporte que tiene la particularidad de intentar engañar al juez y aplicador de las reglas, -el árbitro, en este caso-, para que deje de sancionar algo que se cometió y peor aún, para que señale algo que nunca sucedió. Es decir que hasta en el juego, que bien podría ser lo único que nos unifique sanamente, el artificio y la trampa está presente;-les digo, somos una belleza de especie humana-; y no contentos con llamarle “picardía” al fino arte de ser un cerdo farsante, encima de eso nos sentimos unos grandes triunfadores al lograr la fechoría en cuestión, pero insisto, todo es risa y diversión mientras no seamos los afectados, porque en tal caso, ahora sí “estamos hasta la madre de la corrupción”, “basta de opresión”, “no era penal”, “me dueles, México” y todas esas bellas fórmulas de la chairez moderna. No cabe duda que a nuestra raza se la da muy bien la comedia hasta de forma involuntaria.

Por esas razones, entre otras, personalmente admito que envidio al llamado primer mundo en donde por lo general, la autoridad impone no sólo respeto sino hasta algo parecido al temor. Y no, no tiene porque ser eso algo malo; es un principio básico desde que estamos en casa: nos portábamos bien por el miedo a ser castigados. En buena parte, es por eso que en esos lugares del mundo la seguridad, la vialidad y hasta las simples reglas de comportamiento social son sencillamente de otro nivel, y claro, muchos dirán que allá el sistema no está carcomido por la podredumbre de la corrupción, y es cierto, pero… ¿Acaso no somos nosotros mismos quienes la fomentamos cotidianamente? ¿No somos los gobernados quienes infringimos impunemente las reglas de forma casi sistemática? ¿Y que no los políticos y demás autoridades son ciudadanos de este país tan comunes como nosotros antes de ocupar el cargo? ¿O es que hemos llegado a creer que son criaturas extrañas que vienen de otras galaxias con conductas perversas y deshonestas que aquí no se acostumbran y son inaceptadas? Ni madres, todos lo aprendimos de la misma manera y casi todos lo aplicamos de forma recurrente, tal vez en niveles y modalidades distintas, pero igual somos cómplices.

Probablemente la mayoría no nos damos cuenta del origen del problema porque en nuestra educación, olvidaron ponernos el chip de la reflexión, de la aceptación y de la auto crítica. Siempre todo es culpa de alguien más: Del compañero, de la prensa, de los ricos, de los pobres, de los ignorantes, de Layún, de los manifestantes, de la baja en el precio del petróleo, del jefe, del alcohol adulterado, de Peña Nieto, del dólar, del narco y de quien sea y de lo que sea pero la culpa, nunca y bajo ninguna circunstancia es nuestra.

Tristemente este es un fenómeno ya de dimensiones extraordinarias que tenemos más arraigado que el tequila y el mariachi, por lo tanto, dudo mucho que vaya a cambiar en el corto plazo. Las mafias en este país son gigantescos monstruos que están en todos los sectores: En el gobierno, en el deporte, en la burocracia, en los sindicatos, en las fuerzas armadas, en el crimen organizado, en los medios de comunicación y claro está, en la propia ciudadanía. Todas, a mayor o menor escala, son estructuras en las que la descomposición y la falta de honestidad están agudamente presentes.

Pero no todo está perdido, mis niños, con hacer que el día a día en nuestra persona y nuestro entorno sea distinto, probablemente se genere una inercia positiva y en un par de generaciones llegue el famosísimo y bien ponderado “cambio”. De mientras, si no van a hacer algo grandioso para que seamos una sociedad más honesta y educada, al menos tengan tantita madre y no se quejen de lo que, en más de una ocasión, también han sido parte ¿no?
 





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